El tiempo nos enseña su condena,
así, al cabo del sendero,
nos deja la lealtad de su mensaje,
somos navegantes a deriva
con el ancla a expensas de la vida.
Navegamos por mares de imposibles,
atravesamos dunas en tierra fértil,
bebimos del oasis de algún triunfo,
y el tiempo nos agobia
en la finitud del rumbo.
Vestimos de blanco nuestras sienes,
nuestro rostro marca surcos indelebles,
y el alma..., siempre el alma...
conserva heridas, que con sonrisa acalla,
agradecida de subsistir a las batallas.
El tiempo, ¿qué es el tiempo?
me preguntas...
sin verle sucederse al instante,
no lo sé, pero siento su presencia
amada por constante,
resbalar por las gotas de mi sangre...
© María del Carmen Menéndez García
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